La responsabilidad de los padres cristianos

Me llamó la atención este artículo escrito en el año 1940, por Paul Fuzier. Al parecer la necesidad de fortalecer las familias viene desde un buen tiempo atrás. Transcribo parte de el.

Es doloroso ver, en tantos lugares, a la juventud cristiana alejarse de las reuniones, buscar en el mundo las alegrías y satisfacciones que Satanás hace relucir ante ella, pero sin darles nada. Aquí y allá, las vacantes quedan, los lugares quedan desocupados: aquellos que el Señor retira no son reemplazados porque, en la generación que sigue, los que abandonan el testimonio son mas numerosos. Y, entre aquellos que quedan, también las verdades de la Palabra concernientes a la Asamblea, el andar cristiano, son poco o mal conocidos. Se asiste a las reuniones como por rutina, no conociendo sino un poco o nada de los principios de la reunión. Parece que nos falta mucho, un conocimiento personal y profundo de las Escrituras.
¿Tendremos que luchar para mantenernos a flote? ¿La raíz del mal, no es, en gran medida, la insuficiencia de la educación cristiana, en nuestras familias? Dejamos. Muy a menudo, el cuidado de esta educación a los hermanos y hermanas que se ocupan en las escuelas dominicales—servicio precioso, cumplido de corazón y devoción, por las cuales tenemos la necesidad de orar mas, pero no tiene, en ninguna manera, que reemplazar la educación cristiana que nosotros tenemos que dar a nuestros hijos. Desde su muy temprana edad, habituémosles a la lectura diaria de la Palabra. Los cristianos de Berea examinaban «cada día las Escrituras»«el pan nuestro dándolos hoy» (Lucas 11:3). Alimento material, sin duda, pero también el alimento espiritual, el uno tan necesario como el otro, porque «no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová» (Deuteronomio 8:3). Y esto se nos dice, precisamente, en relación con el maná, que todo Israelita debía recoger, durante la travesía en el desierto, cada mañana, no solamente para el mismo, sino que para todos los que habitaban « en su tienda» ( Éxodo 16:16 al 21). (Hechos 17:11). Podemos pensar que ellos lo hacían en familia y con los niños. Como los padres, también recibían instrucción, enseñanza y exhortaciones. El Señor mismo, les había enseñado a sus discípulos a pedir.
¿Insistiremos sobre el papel de la madre cristiana? Desde su niñez, Timoteo había sido instruido en las santas letras; ¡que enseñanza había recibido de su abuela Loida y de su madre Eunice! (2ª Timoteo 3: 14,15; 1:5). Igualmente, ¡en que atmósfera piadosa había crecido Marcos! No se nos dice nada de su padre; la Palabra no nos habla de su madre, y un solo detalle nos es dado de su cristiano hogar, sin embargo como esto lo caracteriza tan bien: «Muchos estaban reunidos y oraban» (Hechos 1:12). Luego, el final de Marcos: después de haber tenido sin duda algunos pasos falsos, fue «útil para el servicio» (2ª Timoteo 4:11), «en consolación» para el apóstol Pablo (Colosenses 4:10,11), y el Espíritu de Dios lo ha empleado para retratar la vida del perfecto Siervo. ¿No son las piadosas enseñanzas de su madre que le habían producido ese fruto? Y lo que había escrito el rey Salomón lo verificaba: «Cría al niño según la regla de la vida; porque cuando envejezca no se apartara nunca» (Proverbios 22:6. J.N.D.)
Leamos atentamente las narraciones de los reinos de los reyes de Judá y de Israel: cuando un nuevo rey sube al trono, se le dice lo que ha hecho bueno — o malo — a los ojos de Jehová, y casi siempre se añade: «El nombre de su madre era…» (1ª Reyes 14:21; 15:2,10; 2ª Reyes 12:1; 14:2; 15:2,33; 18:2; 21:1,19; 22:1, etc.). ¡Cuantos otros ejemplos hay en la Palabra, que constituyen preciosos alientos para la madre cristiana! La vida de un hijo será marcada por la impresión imborrable de la educación que su madre le haya dado.
Solemne responsabilidad la de los padres cristianos. Confiándonos un hijo, Dios nos confía un alma — ¡que grande, el precio de un alma! — y esta alma, Dios la desea para el cielo.
Nuestros hijos observan; nuestras faltas, nuestras inconsecuencias no escapan de ellos. ¡Que ejemplo les damos si tienen así, sobre sus ojos, un camino de desobediencia! ¿Cómo podríamos, entonces, criarlos «bajo la disciplina y amonestación del Señor»? (Efesios 6:4) No tendríamos, pudiera ser, la misma libertad de leer la Palabra que juzga nuestra conducta. Pensemos en nuestra responsabilidad mientras andamos en tal camino: sin duda una perdida; ¡pero reflexionemos en las consecuencias —eternas puede ser — si esto es apropiado para aquellos que amamos tanto! Detengámonos un instante, y escudriñemos nuestro andar.
Sin embargo, si hay un peligro en la mundanalidad que, más y más, invade nuestros hogares, ¿Podríamos señalar algo más? ¿no tenemos, sin embargo, que cuidarnos del espíritu en el cual lo hacemos? Dejar a nuestros hijos la impresión de algo que se hace por una costumbre, o aun de un deber austero que cumplir, de una tarea penosa de la cual esperan ellos poder escapar, al hacerlo así ¿no sería ir en contra del motivo buscado? Parece ser, que lo que nos hace falta es enseñar a nuestros hijos a amar al Señor; hacer nacer primeramente, desarrollar enseguida, en sus corazones, este gozo de pertenecer a Él y de vivir con Él. Hagamos atrayente para ellos la lectura de la Palabra en familia; interesémonos en lo que leen; dejemos que hagan preguntas, por las cuales el Señor dará la respuesta que conviene. Pongamos a su alcance la explicación que le daremos del texto leído; Volvamos con perseverancia sobre lo que ya se ha visto en los días anteriores… Estaremos felices del resultado obtenido, manifestación de la gracia de Dios. Seremos alentados viendo a las jóvenes almas abrirse a las maravillas de la Palabra, deseosos de comprender mejor. Estaremos desconcertados viendo como la semilla penetra y con que gozo ella es recibida. Y, mas tarde, «a su tiempo, segaremos, sino desmayamos» (Gálatas 6:9).
Pero sobre todo, y aun en esto, para enseñar a nuestros hijos a amar al Señor, tenemos vivos ejemplos. Sin duda, les hablamos mucho de Jesús, pero mostrémosle, por nuestra vida diaria, que precio tiene esta Persona en nuestros corazones. Mostrémosles que la felicidad — que Satanás promete atrayéndolos a este mundo — nosotros la hemos encontrado en Jesús. No olvidemos que el testimonio mudo es más poderoso aun que aquel expresando palabras y que este último, además, no tenga fruto, si el primero no lo acompaña; el testimonio está en los hechos más bien que en las palabras.
No olvidemos, en fin, que si nos preocupamos y tenemos temor ante la responsabilidad que pesa sobre nuestras espaldas, tenemos la fuente siempre a nuestra disposición: la oración. Oremos por nosotros, a fin de que Dios nos de la sabiduría que necesitamos tanto y en todo momento —oremos por nuestros hijos, a fin de que Dios cumpla en sus corazones, una obra tal que puedan mirarle a Él — oremos por todos los hijos, a fin de que les sea concedida la gracia, si el Señor tarda en venir, de ver a esta querida juventud engrosar las filas del testimonio — oremos por todos los padres cristianos, a fin de que nos sea dado el ser buenos administradores de lo que Dios nos ha confiado. ¡El nos pedirá la cuenta: pensémoslo!

P.Fusier

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1940, Responsable traducción: Ruth C. de Vasconcelo
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